2016, el año que cambió todo

A los 13 años, decidí que quería estudiar Filosofía. Aunque no me acuerdo exactamente cuándo ni dónde tuve esa epifanía, yo estaba segura de que seguiría esa carrera. No sabía muy bien de qué trataba, pero justamente lo “exótico” de la misma me atraía más todavía.

Seguí con esa idea en la cabeza hasta cuarto año de la secundaria. En ese entonces yo era parte de un ballet de tango y folklore. Con ellos viajamos a Italia a festivales de danza. Esa experiencia me cambió la vida en muchos sentidos y también amplió mi perspectiva sobre la carrera a seguir. Sabía hablar inglés e italiano más o menos bien, y por eso en el viaje oficié de intérprete. En ese momento decía que había hecho de traductora, como todavía siguen haciendo muchos medios de comunicación. Con el tiempo aprendí que cuando la oralidad está involucrada la práctica es la interpretación y no la traducción.

En los festivales de Italia había grupos de todas partes del mundo. Uno de los grupos con los que tuvimos una relación muy cálida era de Benin. No sabían hablar italiano ni castellano, inglés sí. La gente de la organización sabía hablar inglés, pero por alguna extraña razón no les transmitían los datos que sí sabíamos los demás grupos. En realidad, no era por una extraña razón, sino porque ellos eran negros. Y los italianos, al menos los que estaban en esos pueblos, eran muy racistas.

Lo que hice en ese viaje a Italia fue ser intérprete pivot. Recibía la información de parte de los organizadores en italiano y la convertía al castellano para mis compañeros y al inglés para la delegación de Benin. Si ellos querían hacer una pregunta o comentario, pasaba sus palabras en inglés o castellano al italiano. Eso lo hice durante casi tres semanas. Y me encantó. Ahí fue cuando decidí que además de Filosofía estudiaría traducción.

En quinto año de la secundaria me anoté en Filosofía. No llegué a anotarme en el Traductorado. Mi plan era cursar el primer año en la Facultad de Humanidades y Artes y al año siguiente empezar el Traductorado en el Olga Cossettini. Ahora que lo pienso, no sé si realmente no llegué a anotarme o si no me anoté “a propósito” (inconscientemente, claro). Soy muy obsesiva, así que estoy empezando a creer que me había autoboicoteado antes de empezar.

El primer año de Filosofía fue hermoso. Las cinco materias anuales me abrieron la cabeza y me enseñaron muchos conceptos que me van a acompañar por siempre. Una cátedra era conservadora, otra estructuralista, otra orientada al materialismo histórica, otra peronista. Todos esos términos, y muchos otros más, los aprendí ese primer año. Aprendí que las palabras no son livianas y que cada significante tiene una historia y un peso específico que tenemos que respetar. Además, conocí a personas geniales que siguen estando en mi vida.

En noviembre ya estaba desocupada porque había promovido todas las materias. No tuve que rendir ningún final. En vez de pasar el verano boludeando, me puse a estudiar inglés de manera intensiva. En marzo eran los exámenes de ingreso al Olga Cossettini y yo quería entrar sí o sí. Los meses de más calor los pasé encerrada resolviendo exámenes de First y ejercicios de gramática.

Los 15 días previos a rendir estaba flaca, ojerosa, nerviosa. Dudaba de mí, pensaba que no iba a entrar y vivía estresada. Los que estaban a mí alrededor me decían que me quedara tranquila, pero yo no sabía cómo hacerlo. Aunque me había anotado en todas las materias de segundo año de Filosofía por las dudas, lo que en realidad quería era entrar al Olga.

Y lo hice. Entré. No podía creer que lo había logrado. Sentí felicidad, alivio, nervios y mucha curiosidad, porque tenía tantas ganas de ser traductora que había depositado demasiada expectativa en la carrera. Esas expectativas se desinflaron a las pocas semanas.

Me sentía incómoda en el terciario. La dinámica era totalmente diferente a la de la universidad. Había mucha vigilancia, mucho control. Los docentes nos preguntaban si habíamos hecho la tarea, como hacían mis profesores de la secundaria. Los horarios eran rígidos, el material de estudio escaso. Me costó adaptarme. Aunque era más fácil que cursar en la universidad, yo no lo sentía así. No podía entender que tuviéramos que estudiar solo lo que el docente quería escuchar. No había un programa a partir del cual pudiéramos guiarnos. Era otro mundo.

Cursé algunas materias de segundo año de Filosofía mientras hacía el primer año del Traductorado. Pero la pasé bastante mal. Aunque me gustaba más ir a Humanidades, no tenía la energía suficiente para estudiar bien. Además el Olga me costaba, no me sacaba buenas notas, y por eso vivía estresada. Los primeros meses del 2011 no fueron fáciles.

En el segundo cuatrimestre todo fluyó un poco más. Ya entendía lo que querían los docentes y me había hecho amigos, así que el Olga dejó de ser tan amenazante. A fin de año solo me habían quedado dos materias para rendir durante el verano, algo que nunca me hubiera imaginado que pasaría si me preguntaban en abril.

Rendí mal por primera vez en diciembre. Fonología I, el cuco de primer año. Fue una decepción muy grande. Estuve mal un par de días y después me dije que era una experiencia que en algún momento iba a transitar. Se me pasó la angustia, estudié con todo el furor y en marzo del año siguiente la saqué.

El 2012, cuando cursé el segundo año del Traductorado, fue completamente diferente. No me fue mal y hasta rendí una materia como alumna libre. Mejoré el vínculo con mis compañeros y empecé a juntarme con ellos por fuera de la facultad. Cursé algunas materias de Filosofía y también las disfruté. Fue mucho mejor que el 2011.

Al año siguiente, mi proyecto más importante era recibirme. Era una carrera de tres años y en ese entonces me mantenían mis viejos, así que nada podía salir mal. En Filosofía cursé únicamente dos materias pedagógicas para enfocarme en terminar el terciario. Pensaba que quería ser docente y por eso hice materias que no me interesaban mucho, pero que tampoco fueron horribles. El 27 de noviembre logré el objetivo más importante.

Ya recibida, mi papá hizo una cena en mi casa con sus amigos de la escuela primaria. Vino una amiga suya que había vivido en Los Ángeles. Mientras estaba en Estados Unidos había trabajado como intérprete en inglés. Me explicó que era una carrera para la que había demanda de trabajo y que, si tenía la oportunidad de cursarla, que lo hiciera porque no me iba a arrepentir. Así que el 2014, un año que preferiría olvidar, cursé el Interpretariado. Me recibí a fin de año. Hasta el momento nunca trabajé como intérprete. De todas formas, es algo que no descarto y que me interesaría hacer para sumar una vivencia distinta.

El 2015 fue el primer año, junto con el 2010, en el que cursé muchas materias de Filosofía. Terminé agotada y contenta, porque había logrado avanzar bastante en la carrera. Ya estaba más cerca de terminar. Había hecho planes sobre cuántas materias debería cursar en el 2016 y en el 2017 para recibirme. Estaba emocionada porque al fin tendría un título universitario. Siempre había desmerecido el terciario. Sentía que era poco para mí, que tenía que sí o sí terminar Filosofía porque esa era mi carrera “de verdad”. El Traductorado solamente era una salida laboral. Todo eso pensé durante mucho tiempo. Hasta este año, el año que cambió todo.

Por distintos hechos que me hicieron aprender que la vida es más corta de lo que pensamos, este año decidí cortar con todo lo que me hace mal. Entendí que no tenía por qué seguir atada a circunstancias de muchos años que ya no me hacen bien. No se puede medir lo bien que te hace algo por el tiempo que duró en tu vida. Empecé a tomar como única métrica la felicidad y el disfrute. Esto no significa que a veces no sufra o no la pase mal, pero siempre que tenga elección voy a optar por lo que me gusta y me hace bien.

Filosofía ya no me hacía bien. Me pesaba cursar. Me pesaba salir del trabajo y tener que estudiar. Me pesaba rendir materias. Un día cerré los ojos y me imaginé el año próximo de dos maneras diferentes. En una de las visiones estaba cursando Filosofía y trabajando a tiempo completo. No me gustó lo que vi. No tenía tiempo para disfrutar y dedicarle atención a mis intereses personales. En la otra visión, no cursaba más. Iba a trabajar y cuando salía me encontraba con mis amigos, iba al gimnasio, salía a correr, me acostaba a leer o me ponía a escribir. La segunda visión me encantó. Eso quería. Estar tranquila, relajada y con tiempo para escribir, la actividad creativa que más me interesa.

Antes de decidir dejar la carrera, empecé a pensar por qué la estudiaba. No quiero dar clases, ni dedicarme a la investigación. Durante muchos años me dije que necesitaba tener un título universitario para poder cursar una maestría en el exterior. También estudiaba para pensar mejor y así poder escribir mejor. Ahora me di cuenta de que la academia no es la única forma de vivir afuera y de que puedo leer lo que quiero sin necesidad de recorrer estudios formales. Además, descubrí que nunca en mi vida leí un libro de filosofía por placer. Siempre leía para rendir materias, nunca porque algún tema me interesara realmente. Lo que sí leía en mis tiempos libres era literatura. Leía lo que quería cuando quería y disfrutaba más que con los textos de la carrera. La literatura ya no va a tener un lugar marginal en mi vida.

Recién ahora me doy cuenta de que siempre puse excusas para no cursar todas las materias de Filosofía. Mientras que mis compañeros organizaban sus vidas a partir de los horarios de la facultad, yo hacía lo contrario. Y como no hay banda horaria en la carrera, siempre salía perdiendo porque no podía cursar todo. O, en realidad, quizá salía ganando. En el 2013 la excusa era que me recibía de traductora y quería dedicar mi energía a eso, por lo tanto solo cursaría dos materias. En el 2014 había decidido hacer el Interpretariado en Inglés y las horas de cursado coincidían con las de Filosofía. En el 2016, por suerte, dejé de mentirme. Cuando asumí lo que realmente quería, pude dejar sin culpa ni arrepentimiento.

Este año descubrí muchas cosas, como se habrán dado cuenta. Una de ellas es que nunca me gustó realmente la carrera de Filosofía. El primer año sí, porque aprendí muchísimo y conocí personas que amo. Pero después ya no. Me costaba ir a cursar, me incomodaba la presencia de muchos de mis compañeros, me aburrían los docentes y la eternidad que duraban las clases.

Tendría que haber dejado en el 2011. No lo digo con arrepentimiento porque mi proceso se dio de esta manera. Ahora tengo las herramientas para tomar la decisión que postergué durante tanto tiempo. Pero si lo analizo con frialdad, ese es el año en el que tendría que haber dejado. No lo hice por ego, superyó, exigencia, o llámenlo como quieran.

Hoy estoy enamorada de mi profesión. Hoy recuerdo por qué decidí ser traductora y quiero mejorar cada día más. Me entusiasmo cuando me entero de algún curso o capacitación, o incluso cuando me recomiendan herramientas o páginas web que podrían ser útiles. Tengo ganas de leer literatura para afilar mis habilidades y no puedo parar de corregir todos los textos que aparecen frente a mí.

“No puede ser que tengamos que pedir permiso para hacer las cosas que nos gustan. Tendríamos que hacerlas y listo”, le dije a una amiga hace poco. Ella me dijo que es más fácil decirlo que hacerlo. Y tiene razón, aunque ahora estoy intentando cambiar esa postura ante la vida de una vez y para siempre.

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27 de noviembre del 2013, el día que me recibí de traductora.

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Mi primera experiencia como donante de sangre

A mi prima la internaron en el Sanatorio Parque de Rosario el jueves 22 de septiembre. Un derrame en el pericardio, dijeron. Estuvo todo el fin de semana incómoda, con dificultad para respirar y dolor intenso en el pecho. El martes 27 decidieron operarla. Tenían que ponerle un drenaje para que saliera el líquido excesivo que estaba alrededor del corazón y también del pulmón, porque además del derrame en el pericardio tenía otro en la pleura. Ese mismo día me agregan a un grupo de WhatsApp que se llamaba “Donantes”. Lo había creado otra de mis primas para conseguir diez personas de cualquier tipo de sangre y factor que pudieran ir a donar.

Me asusté. Si necesitaba sangre era porque estaba peor. Le escribí a mi prima, la que había creado el grupo. Me explicó que con la operación Elena perdería plaquetas y que por eso teníamos que donar. Después una amiga me dijo que en realidad nuestra sangre era para reponer la que a mi prima ya le habían puesto durante la operación. El banco de sangre del sanatorio tiene que estar siempre abastecido. Con toda esta explicación me quedé un poco más tranquila.

El miércoles a la mañana me levanté a las 7, tomé agua, me cambié y salí para el sanatorio. Supuestamente había que estar en ayunas. Cuando llego, había bastante gente esperando en la zona de hemoterapia. Yo quería llegar rápido para poder irme rápido y estar en mi trabajo a las 9, pero apenas vi el movimiento que había me di cuenta de que no iba a llegar a tiempo. Le escribí a mi jefe diciéndole que iba a llegar más tarde y me dijo que no había problema.

Me acerqué a la ventanilla, expliqué para quién venía a donar y me dieron un formulario extenso que tenía que responder con “sí” o con “no”. Las respuestas más saludables, o más deseables, eran las que llevaban como respuesta un “no”. En un momento, una de las preguntas era algo así como “¿Se siente sano hoy?”. Si venías con la inercia de las preguntas anteriores, respondías “no”. Estoy segura de que me mucha gente respondió “no”. Como el asunto era serio, decidí primero leer el cuestionario completo y después responder para tener una idea previa de lo que tenía que contestar.

A medida que avanza el cuestionario las preguntas se vuelven más absurdas y hasta conservadoras. “¿Ha tenido relación sexual con un hombre que haya tenido relaciones sexuales con otro hombre?”. “No que yo sepa”, tendría que haber contestado. Muchas de las preguntas daban por supuesto que los varones homosexuales no usan preservativo y que por eso sí o sí tienen sida. Me acuerdo de una pregunta bastante espantosa que estaba suavizada con un comentario dentro de un paréntesis: “¿Ha tenido relaciones sexuales con hombres? (Desconocidos y sin protección)”. El “desconocidos y sin protección” dentro del paréntesis, y no dentro de la pregunta principal, demuestra la homofobia de la persona que redactó el cuestionario. Otra de las preguntas era: “¿Ha tenido sexo a cambio de dinero?”. Ojalá que alguien haya contestado “sí, pero siempre con protección”.

La puerta que estaba al lado de la recepción de hemoterapia se abría y cerraba a cada rato. Primero llamaban a las personas por el número que el recepcionista nos había escrito en la parte superior del cuestionario. Yo tenía el ocho. Todavía faltaba un rato.

Pensé que una vez que te llamaban por tu número, donabas y listo. Pero me di cuenta de que no era así. Cuando decían su número, la gente entraba y salía a los cinco minutos. A veces la puerta se volvía a abrir y los llamaban por su nombre de pila. Entonces se metían en esa habitación y ahí tardaban un rato largo en salir. No entendía qué significaba todo esto hasta que le tocó donar a la amiga de una prima de mi prima.

La amiga de la prima de mi prima me explicó que primero te llaman por tu número para hacerte una especie de estudio preliminar. Si ese estudio sale bien, te llaman por tu nombre y recién ahí podés donar. Si sale mal, te vas a tu casa. Mientras esperaba, ella tomaba Gatorade.

–Me mandaron a tomar esto–dijo y agitó la botella.

–¿Pero no había que estar en ayunas?–pregunté.

–Eso pensé yo. Pero me dijeron que tengo que tener algo de azúcar en sangre.

–Claro. No se puede desayunar nada grasoso–dijo la prima de mi prima, que ya había donado en otras ocasiones.

–Uh, entonces voy a comer algo.

Saqué una manzana que tenía en el bolso y tomé unos sorbos de Gatorade. Justo cuando terminé la manzana me llamaron. Pasé y me senté en una mesa angosta que estaba en un rincón. La hemoterapeuta se sentó del lado más ancho de la mesa con mi cuestionario. Primero me preguntó si tenía alguna duda acerca del cuestionario y también cosas como “¿Tuviste hepatitis?”, “¿Recibiste una transfusión de sangre alguna vez?”, “¿Donaste alguna vez?”, “¿Estuviste embarazada?” y otras similares. Después me preguntó si estaba tomando alguna medicación.

–No, solo pastillas anticonceptivas. Pero acá puse que tomé una medicación para el acné. Acneclin se llama.

–¿Y qué tiene?

–Antibióticos.

–¿Cuándo dejaste de tomarlos?

–Hace un mes.

Ella abrió un cajón y sacó una carpetita. Buscó algo en el índice y empezó a leer. Supongo que estaba buscando las características de Acneclin. No sé si las encontró o no. Me dijo:

–No pasa nada. Con que hayas dejado de tomar los antibióticos hace una semana ya podés donar.

–Ah, bueno.

–Te voy a tomar la presión.

Lo hizo y me dijo:

–11/7. Estás perfecta. ¿Cuánto pesás?

–Uh, no sé. 58 creo.

–Te voy a pesar.

Acercó una balanza de esas que la gente tiene en el baño de su casa y me hizo subir.

–Perfecto–dijo cuando me bajé.

–¿Cuánto peso? No veo de lejos y no sé cuánto estoy pesando.

–56, pero restándole un kilo de la ropa estarías en 55.

–Ah, genial–me puse contenta. Hacía varios meses que no me pesaba porque me angustiaba saber ese número. La respuesta fue mejor de lo que esperaba.

Nos volvimos a sentar.

–Ahora te voy a sacar sangre del dedo para hacer un recuento de glóbulos rojos, ¿sabés?

–Bueno.

–Es solo un pinchacito.

Sacó la sangre y la puso en una máquina centrifugadora.

–¿Hacés deporte?

–Voy al gimnasio y a veces corro.

–Bien. Bueno, esperá afuera y ya te avisamos.

–Gracias.

–No, gracias a vos.

Mientras estaba afuera me enteré de que una de mis primas no pudo donar porque le dio bajo el recuento de glóbulos rojos. Nunca se había hecho un análisis y por eso no sabía qué pasaba adentro suyo.

La espera fue corta. Enseguida me avisaron que podía donar. La noticia me puso nerviosa porque era la primera vez que lo hacía y también contenta porque iba a poder colaborar con el banco de sangre del sanatorio.

Entré y me hicieron sentar en un sillón cómodo, reclinable y con una extensión para poner las piernas. La hemoterapeuta que me atendía me dijo que me acostara y me puso esa goma elástica ancha en la parte de arriba del brazo derecho. También me dio una pelotita antiestrés. Tenía que abrir y cerrar la mano para que la vena se volviera más prominente. Mientras estaba ahí pensé en lo horrible que son las agujas. No sé cómo hacen los adictos a la heroína para pincharse todos los días, varias veces al día.

Después de apretar la pelota varias veces y de que ella tocara el ángulo donde está el codo, pero del lado de adentro, para que apareciera la vena, estaba lista para empezar a donar. Suspiré y me puse a ver Desayuno americano para distraerme un poco. En lo alto había tres televisores con tres programas distintos para satisfacer a públicos distintos. Al lado mío había otro sillón y un chico esperaba que encontraran su vena.

No me dolió. Solamente sentí mucha molestia porque estuve bastante tiempo ahí. Media hora casi. Me dijeron que las mujeres tardan más en donar porque tienen venas más finas.

–Bueno, Vale. Ya estamos–la hemoterapeuta que me había atendido se había esforzado constantemente para que yo estuviera cómoda.

–Bárbaro. Tengo el brazo dormido. ¿Es normal?

–Sí, totalmente normal. Quedate tranquila. Ahora tomate un Gatorade, ¿sabés? Y después desayuná de nuevo. Hoy mucho líquido y nada de actividad física, ¿sabés?

–Listo.

–Ahora apretate acá un ratito para que el hematoma sea chico–dijo y me puso una gasa con cinta en el lugar donde había sacado la sangre.

Me levanté sin problemas. No me desmayé ni me sentí mal. Pero estuve todo el día débil, como sin fuerzas. También me dijeron que era normal.

La experiencia me gustó y por eso se la conté a todo el mundo. Quería saber qué opinaban los demás acerca de la donación y si alguna vez habían donado. Me encontré con distintas opiniones. Mi jefe dona bastante seguido, una de mis amigas también. Mi papá y mi hermana sólo donaron una vez. Mi mamá nunca porque le da impresión. El padre de una alumna es cirujano y ella me dijo que él le dijo que donar sangre es bueno porque te “limpia”.

Al hablar con otros sobre sangre y pinchazos derivamos en historias diversas sobre el tema. “Cortázar se enfermó porque le pusieron sangre infectada”. “Hace muchos años, una parturienta murió en mi pueblo porque le pusieron una sangre que no era la suya”. “Antes no se usaban agujas descartables sino esterilizadas y eso era un peligro”. “Mi papá no pudo donar sangre porque tuvo hepatitis”. “¿Viste que en Estados Unidos se le paga a la gente para que done?”.

Toda esta situación me hizo pensar en lo importante que es cuidar la salud. Antes vivía para estudiar y no valoraba lo fundamental que es el equilibrio corporal. Sin salud no podés tener nada: ni estudio, ni trabajo, ni relaciones con los demás, ni momentos de ocio. Además de que tener buena salud es indispensable para una misma, en ciertos casos puede ayudar a los demás. Como cuando tenés que donar sangre.

Estar sana y haber podido donar fue revelador para mí. En la sala de espera de hemoterapia me di cuenta de que muchas personas nunca se habían hecho estudios en su vida. No sabían lo que pasaba adentro suyo. Otros no pudieron donar por hábitos perjudiciales que pondrían en riesgo a los pacientes que recibirían la sangre. La revelación fue que tener salud es bueno para vos y, en cierta medida, también para los demás.

Con esto no quiero decir que haya que dejar de hacerse tatuajes o vivir de manera completamente ascética por la remota posibilidad de donar sangre alguna vez. Pero sí creo que cuando tu salud mejora, todo lo demás mejora, incluida la vida de la gente que querés.

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Vida insana

A mediados de septiembre, más puntualmente el viernes 16, tenía turno con mi médica ayurvédica. La segunda sesión. La primera había sido un mes antes. En esta ocasión la idea era que ella viera si me había adaptado a la alimentación y a los cambios de hábitos que me había sugerido.

La semana previa al turno armé una especie de estrategia para llegar “bien” al día de la consulta. Había comido cosas relativamente sanas desde la primera vez que nos habíamos visto, pero también había tenido diversos eventos donde disfruté del alcohol y las comidas poco saludables que se ofrecían. Mi idea era restringirme un poco más la semana del turno, entonces la semana anterior pasé por la dietética y la verdulería para tener un stock de alimentos beneficiosos y no tentarme con aquellos que ensucian el hígado. En la primera consulta, después de verme la lengua y las uñas, concluyó que tanto exceso de dulces y harinas le hacían mal a mi hígado.

El lunes tomé dos jugos verdes y no comí ni harina de trigo ni azúcar industrial. El martes también tomé los dos jugos verdes y además hice gundusha apenas me desperté durante 10 minutos. Gundusha es una práctica ayurvédica que en inglés se llama oil pulling y consiste en hacer buches con aceite de coco. Este aceite está solidificado y la idea es disolverlo en la boca durante unos 20 minutos, aunque hay que arrancar con menos tiempo para poder adaptarse. Hay que llevarlo y traerlo por todos los espacios del orificio bucal para limpiarlo bien y también así limpiar la garganta. En el trabajo se me fue toda la motivación ayurvédica cuando vi que una compañera había llevado chocotorta para festejar su cumpleaños. Comí sin culpa. Había hecho gundusha, había tomado los dos jugos verdes y todavía tenía el miércoles, el jueves y el viernes a la mañana para contrarrestar mis caídas con hábitos saludables.

El miércoles hice oil pulling durante 15 minutos, 5 minutos más que el día anterior. Durante todo el día comí bien y me sentí bien. Estaba orgullosa de mí. A la noch,e mi novio y yo fuimos a comer de unos amigos. Habían preparado bondiola de cerdo con ensalada de rúcula. Perfecto. No había harinas.

Las horas fueron pasando porque a los cuatro nos gusta hablar mucho y nos entusiasmamos fácilmente. En un momento, Laura nos ofreció un té. Junto con las tazas trajo una caja de bombones. Mi celular estaba lejos y no supe qué hora era. Estaba casi segura de que eran las 12 de la noche, o sea, de que ya era jueves. Y el jueves yo me iba a cuidar de manera extrema. Mi novio dice que para él cada día termina cuando se va a dormir, no cuando son las 11.59 de la noche. Si se acuesta a dormir a las dos de la mañana de un jueves, él considera que todavía está transitando el día miércoles y que el jueves recién aparece cuando despierte, sea la hora que sea. Yo no soy así. Con muchas cosas (¿con todas, quizá?) soy demasiado rígida y obsesiva, entonces comer esa golosina después de las 12 de la noche frustraba todos mis planes de comer a la perfección el día jueves. Ese pequeño permitido arruinaba la más remota posibilidad de comer bien el jueves. No podía redimirme en el resto del día, que según mi novio, empezaría al despertar, porque ya había sucumbido a la tentación. Ese miércoles/jueves tenía muchas ganas de comer un Bon o Bon. Me dije que todavía era miércoles, aunque no me lo creí, y lo comí. Valió la pena.

El jueves seguí cuidándome porque en mi negación quería convencerme de que con un día bastaba para que el hígado se limpiara completamente. El jueves después del almuerzo ya me quería ir a mi casa. Llegué a duras penas a las cinco de la tarde y salí de la oficina sintiéndome débil y un poco melancólica. A la noche me fui a acostar temprano. Le dije a mi novio que no me sentía bien anímicamente y que necesitaba dormir mucho. Entonces él no vino.

Amanecí de mal humor. En vez de estar entusiasmada por volver a ver a la médica y contarle cómo me había ido en ese primer mes por el camino ayurvédico, estaba enojada. Sabía que había hecho las cosas a medias, sabía que era una mentirosa y sabía, más o menos, lo que me iba a decir. No quería que me cagara a pedo. En un último manotazo de ahogado, hice oil pulling durante 20 minutos para que al menos mi cavidad bucal estuviera inmaculada.

***

–¿Alguna vez hiciste dieta?–me preguntó después de que hablamos de otras cosas.

–No. Intenté, pero no pude.

–Yo tampoco. Nunca tuve la necesidad porque siempre fui muy flaca. Ahora aumenté de peso porque tengo más estabilidad laboral en este consultorio y ya no me tengo que mover tanto. Pero en vez de hacer dieta estricta ahora tendría que perder peso yendo al gimnasio. Siendo vata, con ir al gimnasio ya puedo perder el peso que tengo de más.

“¡Qué envidia!”, pensé. Yo soy cuerpo kapha (digestión lenta, pesada, tendencia a engordar) y mente pitta (exigencia, objetivos, ansiedad), por eso me es imposible bajar de peso sólo con ejercicio. Ojalá pudiera.

–Bueno, volviendo al tema–dijo ella, después de su desvarío–Viste que hay mucha gente que hace dietas extremas y baja mucho de peso. “Bajé 20 kilos en tres meses”, te dicen. Pero después rebotan y engordan muchísimo. Esto pasa porque no se puede bajar esa cantidad de peso en tan poco tiempo. El cuerpo lo vive como una hambruna, entonces cuando tiene la posibilidad de comer un poco más de nuevo, almacena grasas por miedo a que vuelva a sufrir una privación de comida importante. Para el cuerpo ese sobrepeso es normal, no lo experimenta como un desbalance, entonces no quiere volver a sufrir y la persona aumenta todo el peso, y a veces más, que había bajado.

Lo que ella dijo sobre las dietas extremas me gustó y también me resultó incómodo. Ella ve como dieta extrema los planes alimenticios que arman los nutricionistas. Pero yo pensaba que el ayurveda también da “dietas”. No son tan extremas o tan llenas de productos químicos como las de los nutricionistas convencionales, pero hay restricciones y a veces se pasa hambre. Ella no lo experimenta como dieta. Yo sí.

Para no sentir que la alimentación ayurvédica es una dieta, tengo que cambiar el enfoque. Eso es lo que hace mi médica y mucha gente que está en el camino de la “vida sana”. Lo que tengo que hacer es pensar que estoy comiendo lo que debo comer para nutrir mi cuerpo. Mi cuerpo es mi templo y tengo que cuidarlo y darle alimentos que lo protejan y lo hagan mantener su equilibrio. Todavía no logro pensar de esta manera. Me cuesta cambiar la mentalidad de “me muero por comer un chocolate” a “esto es lo que tengo que comer para sentirme bien y poder lograr las cosas que quiero lograr”. Me cuesta pensar de esta manera porque me agarra mucha ansiedad y, sinceramente, no sé si alguna vez voy a poder pensar así.

–Vamos a ver la lengua–me dijo.

Me senté sobre la camilla y saqué la lengua.

–¿Estuviste tomando mucho mate?–me preguntó. “¡¿Cómo mierda se dio cuenta?”, pensé.

–Sí. Hice trampa.

–No, no hiciste trampa. Pero cuidado, porque el mate es diurético y no te hidrata nada. Todavía estás un poco kapha. Vamos a ver con qué seguir…

Ahí me di cuenta de que todo eso de hacer gundusha por tres días solamente era una ridiculez. Ya lo sabía y en ese instante lo terminé de comprobar. Antes me quería engañar. En ese momento me di cuenta de que mentirme a mí misma no tiene ningún sentido. Me hace bien un par de días y después esa sensación pasa y me siento mal porque no estoy comprometida con lo que tengo que hacer, sea lo que sea.

Terminó la sesión y mi mal humor no se había ido. Nos saludamos, quedamos en vernos dentro de dos meses y salí a la calle. Respiré hondo, caminé una cuadra y después entré a una panadería. Compré dos bizcochos y una factura con mucha azúcar. Total, todos vamos a morir.

***

Después del trabajo pasé por una heladería a buscar un cuarto de dulce de leche y chocolate. Lo comí acompañada de dos episodios de The Mindy Project. Me reí, me relajé. Ya me sentía mejor. O al menos eso creía.

Mi novio llegó a la tardecita. Sabía que yo estaba mal. Cuando entró se sorprendió porque me estaba riendo. Pero ese efecto placebo del helado y la comedia me duró poco. Nos sentamos en el sillón y me largué a llorar enseguida. Fue un llanto con angustia, con nudo en la garganta. Le conté todos los hechos en orden y él me escuchó en silencio.

–Me doy cuenta de que me exijo hasta para cuidarme, hasta para hacer algo que me tendría que salir de forma más natural. Es difícil cuidarse, pero yo pongo tanta exigencia que lo hago más difícil todavía. Y encima me siento como una farsante, porque sabiendo que había hecho varias cosas mal, igual empecé a pensar: “voy a hacer esto y voy a hacer lo otro”, dos días antes del turno, para que la médica pensara que había hecho todo lo que ella me había dicho. Armé toda una farsa, toda una puesta en escena para que ella dijera: “ay, qué bien esta chica, es la mejor paciente que tengo”. ¿Y para qué? ¿Para qué sufrir? ¿Para gustarle a ella? ¿Para qué me dé una palmadita en la espalda y me diga que soy la mejor? No tiene sentido. A veces tengo ganas de tomar una cerveza y comer nachos. ¿Y cuál es el problema? ¿Eso me sacaría de la armonía o justamente me sumaría armonía? ¿Quién puede decir que tiene todo en orden? ¿Alguien tiene sus relaciones, su trabajo, su salud, sus deseos en balance? Yo creo que no existe esa persona. A veces pienso que sí y me pongo mal por todo lo que tengo que cambiar para llegar a estar en balance, o como se llame. Después me doy cuenta de que eso no existe. Pero todavía no aprendo. Cambié un poco, pero todavía me cuesta dejar de querer complacer a los demás. Soy una pelotuda–concluí.

Él asentía con la cabeza.

–No sé. ¿Vos qué pensás?–pregunté.

–Ya dijiste todo vos. Me gusta la conclusión a la que llegaste. No lo de que sos una pelotuda, pero sí todo lo otro, lo de la puesta en escena. Tenés que relajarte más. A veces te vas a cuidar mejor, a veces vas a hacer trampa, como vos decís. Pero no es trampa, así es la vida. No siempre vas a tener ganas de hacer todo estricto y está bien. Hay días y días. Y también tenés razón en que no existe la persona en completo balance. Ya era hora de que entendieras eso.

Una vez que largué toda la angustia me relajé. Ahora sí me relajé de verdad. Él me invitó a salir del departamento para distraerme, así que me bañé y fuimos a ver Café Society. El sábado ya me sentía bien, bien dentro de mi propio estándar de bienestar.

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En el año 2014, Slavoj Žižek publicó un ensayo en el diario británico The Guardian llamado “Fat-free chocolate and absolutely no smoking: why our guilt about consumption is all-consuming”, que podría traducirse como “Chocolate libre de grasa y nada de cigarillos: por qué nuestra culpa acerca del consumo nos consume”. El texto empieza con una anécdota bastante curiosa. Resulta que en un viaje a California, él fue a una fiesta en la casa de un profesor con un amigo esloveno que fuma mucho. En un momento de la noche, el amigo preguntó si podía fumar en la galería. El anfitrión dijo que no. Entonces el amigo de Žižek preguntó si podía salir a fumar a la calle y el anfitrión volvió a decir que no, esta vez de forma más terminante. No quería que semejante exhibición de tabaquismo arruinara su relación con los vecinos. Lo paradójico es que, después de cenar, el anfitrión les ofreció drogas-no-tan-blandas, y este consumo se desarrolló sin ningún problema y sin ningún cuestionamiento acerca de lo peligrosa que podía ser la sustancia.

Žižek sostiene que este incidente es un signo del tipo de consumismo actual. Para explicarlo introduce la distinción entre placer y goce elaborada por Jacques Lacan. Lo que Lacan llama goce es un exceso letal que va más allá del placer, el cual es, por definición, moderado. Entonces hay dos extremos: por un lado está el hedonista de mente abierta que calcula cuidadosamente sus placeres para prolongar la diversión y no lastimarse; por el otro, el que goza, el que está listo para consumar su existencia en el exceso del goce. En términos de nuestra sociedad, afirma Žižek, por un lado tenemos al consumista que controla los placeres, sin poner en peligro su integridad física, y por el otro, están el adicto a las drogas, el fumador o el obeso mórbido, aquellos que tienden a la autodestrucción.  Nuestra sociedad hedonista, utilitarista y “permisiva” se esfuerza por domesticar y aprovechar los excesos desmedidos para volverlos calculables.

A continuación afirma que el goce es tolerado, incluso buscado, siempre y cuando sea saludable y no ponga en peligro nuestra estabilidad psíquica o biológica. El chocolate está permitido, pero sin grasa; la Coca también, pero Zero; el café lo mismo, pero sin cafeína; la cerveza sí, pero sin alcohol. Hoy en día vivimos atados a la exigencia superyoica del capitalismo de ser felices. Pero otra exigencia, que yo y me imagino que muchos de ustedes también padecen, es la exigencia de ser un consumidor sano y responsable.

Podría pensarse que el veganismo o las dietas o comer sólo alimentos orgánicos o el ayurveda son formas de restringirnos en algo para poder acotar el goce que demanda el propio sistema capitalista, y así hacer mucho más tolerable lo traumático del mundo en el que vivimos. Seguir un tipo de alimentación consciente, sea la que sea, es una forma de simbolizar. Cuando uno desea, goza, pero el goce está mediatizado en estos casos, no es puro goce. La otra cara de la moneda en este sistema, como ya dijo Žižek, es que el puro goce también está en auge en estos tiempos, representado en las adicciones, ciertas actitudes compulsivas y los trastornos alimenticios, entre otros.

Ir a la médica ayurvédica es acotar un poco la angustia de lo traumática que es esta época, donde el imperativo es ser feliz todo el tiempo. El conflicto aparece cuando la salud también es un imperativo devorador que por momentos anula esa supuesta felicidad. Por esta aparente contradicción, Žižek termina el ensayo con una gran pregunta: ¿Cómo puede ser que en esta era del hedonismo espiritualizado, donde el objetivo de la vida es directamente definido como ser feliz, la ansiedad y la depresión están explotando?

La influencia de Sigmund Freud en Walter Benjamin

Las tesis Sobre filosofía de la historia de Walter Benjamin fueron concebidas como introducción al Libro de los pasajes (Drivet, 2010, p. 7). Ambos textos reflejan la “entrega a lo particular existente” que caracteriza de manera general el pensamiento de Benjamin (Tiedemann, 2005, p. 13). Este pensador decidió ignorar “la maquinaria parlante de la filosofía oficial, con sus tablas de mandamientos y prohibiciones trascendentales” (Tiedemann, 2005, p. 13)  y prefirió ocuparse de cuestiones empíricas un poco marginales, de pequeños detalles que otros filósofos de la época consideraban como banales o literarios más que filosóficos, como si estas dos “disciplinas” fueran tan separables. Tanto en las tesis como en el Libro de los Pasajes Benjamin, a partir de imágenes particulares, concretas y a la vez simbólicas,  le devuelve “la voz al pasado postergado por la historiografía tradicional” (Drivet, 2010, p. 7).

En la introducción al Libro de los Pasajes, Tiedemann (2005) sostiene que “la concepción de lo concreto” es “uno de los polos del armazón teórico benjaminiano” y “la teoría surrealista de los sueños es el otro” (p. 13). Por lo tanto, el proyecto inicial de esta obra se desarrollaba en un “campo de fuerzas tendido entre la concreción y lo onírico” (Tiedemann, 2005, p. 13). La primera aproximación a Freud que tuvo Benjamin fue a través de los surrealistas. En los sueños, ellos le habían quitado poder a la realidad y la habían considerado “como un mero contenido onírico cuyo lenguaje sólo admite ser descifrado indirectamente: al dirigir la óptica onírica sobre el mundo de la vigilia, se desatarían los pensamientos ocultos y latentes que dormitaban en su interior” (Tiedemann, 2005, p. 14).   El objetivo de Benjamin era lograr que un procedimiento similar fuera fructífero en la historiografía, ya que buscaba “tratar el mundo objetual del siglo XIX como si se tratara de un mundo de cosas soñadas” (Tiedemann, 2005, p. 14).

Benjamin tomó de los surrealistas la importancia concedida a los sueños, pero se separó de ellos al introducir el despertar. A estos artistas, “la realidad y el sueño se les entretejían formando una realidad soñada, desrealizada, en la que no había marcha atrás hacia los requerimientos de una praxis actual” (Tiedemann, 2005, p. 16), mientras que en Benjamin el despertar es necesario para poder ejercer la praxis política. En el pasaje N 1, 9, busca diferenciar el objetivo de la obra de aquel perseguido por Louis Aragon, poeta fundador del surrealismo. Benjamin afirma que “Aragon se aferra a los dominios del sueño”, y que, en cambio, en el Libro de los Pasajes se encuentra “la constelación del despertar” (Benjamin, 2005, p. 460). A continuación agrega que Aragon mantiene la mitología, pero que él busca disolverla “en el espacio de la historia” (Benjamin, 2005, p. 460). La crítica a la noción de mitología se debe a que “el paso del tiempo propio del mito asume la forma de la predeterminación”, donde el futuro “fijado por voluntad de los dioses en un pasado remoto, se impone al presente de modo fatal” (Castel, 2010, p. 7). Mientras que en el mito el tiempo no tiene presente, en la historia benjaminiana el presente es el tiempo por excelencia (Castel, 2010, p. 7).

El mito y la historia se refieren también a la manera en la que “el hombre se relaciona con aquello que lo trasciende” (Castel, 2010, p. 8). En el mito, el hombre no puede escapar de la voluntad de los dioses y está atado a su destino; en la historia, en cambio, puede ejercer su razón y su libertad, permitiendo la emergencia de la novedad (Castel, 2010, p. 8).  En el Libro de los Pasajes y también en las tesis, el mito del progreso, que Benjamin considera “como destino, como desenlace fatal del desarrollo tecnológico sobre el que se fundaría la línea hegemónica de la ciencia y la historiografía modernas”, es lo que pervirtió los esfuerzos de la social democracia de Alemania y desencadenó su ruina (Castel, 2010, p. 8).

Benjamin concluye el pasaje N 1, 9, afirmando que “la disolución de la mitología sólo puede ocurrir despertando un saber, aún no consciente, de lo que ha sido” (Benjamin, 2005, p. 460). La referencia al psicoanálisis es muy transparente. Así como el psicoanalista escucha el discurso de su paciente para encontrar –a través de los actos fallidos, los titubeos, las reformulaciones y la elección de los significantes– aquellos saberes aún no conscientes de sus propias vivencias, el historiador tiene que destruir el sentido dado de una vez y para siempre contenido en la mitología para poder darle paso a la historia centrada en el “tiempo-ahora” (Benjamin, 1973, p. 188). El historicismo, así como muchas terapias que no consideran al sujeto como escindido por el lenguaje, “se contenta con establecer un nexo causal de diversos momentos históricos” (Benjamin, 1973, p. 191). Pero para Benjamin (1973) “ningún hecho es ya histórico por ser causa”, sino que “llegará a serlo póstumamente a través de datos que muy bien pueden estar separados de él por milenios” (p. 191). De igual modo, la novela familiar del paciente de un psicoanalista no se construye a partir de momentos históricos que poseen un nexo causal, sino que su historia se construye en el discurso que profiere en el dispositivo analítico, y este discurso puede contener datos separados por milenios que, sin embargo, se transforman en hechos históricos. Ni el materialista histórico à la Benjamin ni el psicoanalista desgranan “la sucesión de datos como un rosario entre sus dedos” (Benjamin, 1973, p. 191).

En La interpretación de los sueños, obra de Freud publicada en el año 1900, los sueños son un montaje de “representaciones multívocas, aparentemente banales pero que expresan un deseo antiguo cuyo cumplimiento está aún pendiente y cuyo verdadero sentido escapa a su sujeto” (Castel, 2010, p. 11). A partir de esta descripción se puede afirmar que el sueño en Freud se asemeja a la imagen dialéctica en Benjamin. En el Konvolut N, en el fragmento N 2 a, 3, leemos que

No es que lo pasado arroje luz sobre lo presente, o lo presente sobre lo pasado, sino que imagen es aquello en donde lo que ha sido se une como un relámpago al ahora de la constelación. En otras palabras: imagen es la dialéctica en reposo. Pues mientras que la relación del presente con el pasado es puramente temporal, continua, la de lo que ha sido con el ahora es dialéctica: no es un discurrir, sino una imagen<,> en discontinuidad. (Benjamin, 2005, p. 464).

En el sistema inconsciente, el encargado de crear los sueños, no hay contradicción, las investiduras son movibles y se sustituye la realidad exterior por la realidad psíquica  (Freud, 2003, p. 184). Además, el inconsciente tiene un carácter atemporal, y esta atemporalidad implica que pensemos en ciertos procesos que “no están ordenados con arreglo al tiempo, no se modifican por el transcurso de este ni, en general, tienen relación alguna con él” (Freud, 2003, p. 184). La atemporalidad del inconsciente podría vincularse a la imagen dialéctica de Benjamin, ya que la relación de lo que ha sido con el ahora es discontinua y no puramente temporal. En el mismo fragmento citado, Benjamin también afirma que “sólo las imágenes dialécticas son auténticas imágenes (esto es, no arcaicas), y el lugar donde se las encuentra es el lenguaje” (Benjamin, 2005, p. 464). Otro vínculo con el psicoanálisis radica en la preponderancia del lenguaje, ya que allí donde se encuentran las imágenes dialécticas también es el mismo espacio en el cual el sujeto revela sus deseos, actos fallidos, miedos, angustias. No por nada algunos llaman a la clínica psicoanalítica “la cura por la palabra”.

Al igual que un sueño, cada imagen dialéctica también requiere interpretación. En el pasaje N 4, 1, Benjamin (2005) explica que la imagen dialéctica aparece en una época determinada, aquella época en la que la humanidad, “frotándose los ojos, reconoce precisamente esta imagen onírica en cuanto tal” y agrega que en ese instante “el historiador emprende con ella la tarea de la interpretación de los sueños” (p. 466). La referencia a la obra de Freud es explícita en el final del fragmento, donde las tareas del historiador y del psicoanalista podrían considerarse análogas, sólo que uno ejercería la interpretación en el plano social y político, y el otro en el plano personal. Sin embargo, es innegable que lo social y político siempre está presente en las vicisitudes del sujeto y por lo tanto, como afirmó Freud, un analista no puede desconocer el contexto en el cual está inmerso el analizado.

En Benjamin “el presente ocupa el lugar de la vigilia y el proceso de despertar se equipara al ejercicio de la rememoración (Eingedenken)” (Castel, 2010, p. 11). El giro copernicano que este pensador alemán promueve en la historiografía, y en el cual el presente tiene la preeminencia metodológica, corresponde al “modo histórico y político del ejercicio de la rememoración” (Castel, 2010, p. 11). En el Konvolut K, él mismo afirma que está realizando un giro copernicano, ya que de observar “lo que ha sido” como un punto fijo hacia el cual el presente se esforzaba por dirigir el conocimiento, se debe considerar aquello que ha sido como un vuelco dialéctico, como una irrupción en la conciencia despierta, y se debe considerar al despertar como una instancia del recordar (Castel, 2010, p. 11). La noción del recordar como análogo al despertar ya estaba presente en Marcel Proust, quien al comienzo de En busca del tiempo perdido narra, en más de 50 páginas, cómo el narrador se queda dormido, y después, en más de 100 páginas, su despertar cotidiano. Benjamin (2005) toma esta idea y la reformula a su manera en el pasaje N 3 a, 3:

¿Ha de ser el despertar la síntesis entre la tesis de la conciencia onírica y la antítesis de la conciencia de vigilia? El momento del despertar sería entonces idéntico al «ahora de la cognoscibilidad», en el que las cosas ponen su verdadero gesto –surrealista–. Así, en Proust es importante que la vida entera se vuelque en el punto de fractura de la vida, dialéctico en grado máximo: en el despertar. Proust comienza exponiendo el espacio del que despierta. (p. 466)

A pesar de las similitudes, Benjamin se distancia de Proust en dos cuestiones: el perfil azaroso que tiene la experiencia fundamental del despertar para el escritor francés, y el hecho de que sea una circunstancia privada (Castel, 2010, p. 12). Si tenemos en cuenta lo que Benjamin (1973) afirma en la tesis 5, el despertar podría ser considerado como el instante de cognoscibilidad en el cual el pasado solo puede ser retenido en cuanto imagen que relampaguea para nunca más ser vista (p. 180).

En el pasaje N 4, 3, Benjamin (2005) enfatiza el rol del despertar en la escritura de la historia y vuelve a mencionar a Proust:

Del mismo modo que Proust comienza la historia de su vida con el despertar, así también toda exposición de la historia tiene que comenzar con el despertar, más aún, ella no puede tratar propiamente de ninguna otra cosa. Y así, el objeto de la presente exposición es despertar del siglo XIX. (p. 467)

El despertar en Benjamin busca alcanzar “la superación del siglo XIX en su preservación, en su ‘rescate’ para el presente” (Tiedmann, 2005, p.16). El nuevo método dialéctico de la historiografía consistiría en pasar con la misma intensidad que poseen los sueños por aquello que ya ha sido, para poder experimentar e1 presente como la vigilia a la que remiten los sueños (Tiedmann, 2005, p.16). O, con otras palabras, “el presente es el mundo de la vigilia al que ‘se refiere’ el sueño del pasado: y tanto en Freud como en Benjamin el sueño ‘se refiere’ a la vigilia exigiendo el cumplimiento de sus deseos insatisfechos” (Drivet, 2010, p. 13)

En un pasaje posterior del libro, que fue hecho como comentario a partir de una carta de Horkheimer (Castel, 2010, p. 12), Benjamin (2005) sostiene que la historia “no es sólo una ciencia sino no menos una forma de rememoración. Lo que la ciencia ha ‘establecido’, puede modificarlo la rememoración. La rememoración puede hacer de algo inconcluso (la dicha) algo concluso, y de lo concluso (el dolor) algo inconcluso” (p. 473-474). De más está decir que en terapia la situación es similar: al rememorar hechos del pasado, estos adquieren una nueva resignificación en el presente, y aquello inconcluso puede volverse concluso y viceversa.

Aunque Benjamin no menciona a Freud explícitamente, sus especialistas afirman que leyó algunas de sus obras (Castel, 2010, p. 2), además de que este hecho se evidencia en el Libro de los Pasajes y en las tesis Sobre filosofía de la historia. En estas dos obras, nociones del psicoanálisis adquieren una función política. El despertar al siglo XIX que Benjamin incita a realizar “tendría para el colectivo efectos emancipatorios similares a los que el psicoanálisis logra para el sujeto individual, también mediante el establecimiento retroactivo de la conexión entre la representación consciente con la huella mnémica inconsciente” (Castel, 2010, p. 14).

Los hechos históricos se articulan de una manera similar “a los productos de los trabajos del sueño freudianos y requieren, como ellos, la interpretación del historiador materialista para que el sujeto (en este caso el sujeto colectivo) despierte y se convierta en agente de su propio devenir en la política” (Castel, 2010, p. 14). Si el proceso de lectura crítica de la historia no tiene lugar, la historia es experimentada “por el sujeto colectivo como ‘mito’ y, de tal suerte, como ‘destino’” (Castel, 2010, p. 14). Del mismo modo, aquel sujeto que no decida aceptar que en su mente hay mucho más que aquello que piensa de manera consciente, está viviendo en una especie de realidad limitada.

Tanto Freud como Benjamin son fundamentales para entender en profundidad la sociedad y que ambos poseen una vigencia sorprendente. Uno estaba en el campo terapéutico y el otro en el historiográfico, aunque sabemos que sus textos se extendieron a muchas otras áreas. Pero ambos estaban comprometidos con nociones difíciles de encasillar, alejadas de los requerimientos tradicionales de la academia. Y ambos tenían el compromiso de desenmascarar lo oculto, lo reprimido, lo dejado de lado por trivial. A pesar de que hay otros discursos hegemónicos que intentan desmerecer las construcciones de Freud y Benjamin, creo que es muy auspicioso que sigamos leyendo a estos autores y que reconozcamos su potencia perdurable en este siglo XXI.

Fuentes

Benjamin, W. (2005). Konvolut N. En Libro de los Pasajes (pp. 459-490). Madrid: Akal.

Benjamin, W. (1973). Tesis sobre filosofía de la historia. En Discursos interrumpidos I (pp. 175-192). Trad. Jesús Aguirre, Madrid: Taurus.

Castel, M. (2010). “Notas sobre la recepción de la obra de Sigmund Freud en la filosofía de la historia benjaminiana”, III Seminario Internacional Políticas de la Memoria. URL = < http://conti.derhuman.jus.gov.ar/2010/10/mesa-19/castel_mesa_19.pdf&gt;.

Drivet, L. (2010). “Sobre el concepto de historia: Freud y Benjamin”, III Seminario Internacional Políticas de la Memoria. URL = <http://conti.derhuman.jus.gov.ar/2010/10/mesa-43/drivet_mesa_43.pdf&gt;.

Freud, S. (2003) Lo inconciente. OC, Tomo XIV. Amorrortu: Buenos Aires.

Tiedemann, R. (1973). Introducción del editor. En Libro de los Pasajes (pp. 9-33). Madrid: Akal.

La meditación poética es preferible a la filosofía

Este año decidí leer de principio a fin El ser y la nada. Aunque leí fotocopias dispersas de ciertas secciones del libro, y aunque más o menos conozco el recorrido que Jean Paul Sartre hace en esa obra capital, llegó el momento de leerla completa. Así que hace un tiempo emprendí este recorrido arduo pero disfrutable. Para sumar otro tipo de contenido sobre Sartre a mi práctica filosófica, llegué al programa Grandes filósofos, emitido por Canal A. El episodio dedicado a este pensador me ayudó a captar la influencia que tuvo su historia personal en el desarrollo de su producción teórica, los autores que lo marcaron profundamente y los conceptos más destacados de su pensamiento. También me dio ganas de leer Las palabras, su autobiografía literaria.

Recordé que un compañero de la facultad lo tenía. Me lo prestó y empecé a devorarlo con fervor. Sus vivencias de la niñez, la interpolación de reflexiones y su prosa que fluye me cautivaron en seguida. Casi al principio leí algo que me gustó mucho y es esta anécdota:

Mi abuelo había cruzado el lago de Ginebra con Henri Bergson. ‘Estaba loco de alegría -decía-, no tenía bastantes ojos para contemplar las crestas resplandecientes, para seguir los reflejos del agua. Pero Bergson, sentado en una maleta, no dejó de mirar entre sus pies’. Concluía de este incidente de viaje que la meditación poética es preferible a la filosofía.

Lamentablemente, el comportamiento de Bergson no es atípico entre las personas que se dedican a la filosofía. Tengo muchos compañeros de la facultad que pasan el tiempo reflexionando sobre la vida en vez de vivirla, en vez de apreciar los momentos de belleza que los rodean. Siempre me molestó esa actitud. La vida es demasiado corta como para pensar todo el tiempo. Yo no quiero actuar de esa manera. Quiero maravillarme por lo que está alrededor en vez de ensimismarme y contemplar mis pies. Quiero ver un amanecer de color rosa, tocar la piel de quien amo, escuchar las anécdotas de mis amigas, comer frutillas maduras, oler el perfume de los días diáfanos de otoño. Quiero disfrutar lo más que puedo con los cinco sentidos. Pienso igual que el abuelo de Sartre (y creo que él mismo también sostendría esto): la meditación poética siempre es preferible a la filosofía. Y la meditación poética implica poner el cuerpo y no sólo la mente, aunque claro que es imposible separarlos, pero muchos consideran que son dos vías alejadas y autónomas.

Cuando decidí escribir este texto, busqué la cita de Las palabras en Google para no tener que transcribirla. Para mi sorpresa, Gianni Vattimo y Maurizio Ferraris utilizaron este fragmento en la introducción a Filosofía y poesía. Ese libro compila distintos ensayos donde los respectivos autores escriben acerca del lugar que ocupa la verdad en la sociedad contemporánea, relacionando este tema con la obra de distintos filósofos y poetas. Vattimo construye su filosofía a partir de la noción de pensiero debole (pensamiento débil en castellano), el cual no tiene como fundamento una verdad objetiva fundada en un sujeto racional sino que es una concepción más multifácetica vinculada a las artes.

Ni hace falta que aclare lo mucho que me interesó la postura de Vattimo. Ahora sé que tengo que ojear Filosofía y poesía para ver si esa obra alimenta mi epistemofilia. Creo que así será, porque sin conocer el término, ya era una practicante ferviente del pensiero debole, o de la meditación poética, en palabras de Sartre.

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Este es el lago que Bergson se perdió.